lunes, 15 de diciembre de 2014

Sofía...

He querido escribirte esto desde hace mucho tiempo y espero que el día que puedas leerlo tus ojos se llenen de esperanza y de alegría.
De una manera mágica, inusual y hasta difícil muchas veces llegaste a mi vida para hacerme entender que realmente nunca he sabido nada y que tu vez entre los ojos la verdad y la belleza que se esconde entre los años y la madurez. Creo que para ti esa madurez o adultez, es más bien una estupidez humana. Tú entre tus palabras raras me describías el universo entero y sabías como mirarme para salvarme de la tristeza que embargaba a mi mundo en ese momento.
Fue extraño como mi amor creció inexplicablemente hacia ti a través del tiempo, aun cuando en nuestros encuentros poco ocasionales, yo notaba tus cambios físicos y hasta espirituales. En cambio Tú siempre me viste igual de grande, loca y consentidora. Odié cuando me dijiste que yo era gorda porque mis piernas eran tres veces más gordos que tus pies. Intenté demostrarte que mis pies no eran tan grandes y me puse tus cotizas, entonces lloraste por 2 minutos diciendo que yo te las ibas a romper y que era mala, mala.
Hay miles de recuerdos donde todas tus acciones hicieron que mi vida tuviese sentido y supiste como robarle a mi corazón herido, un millón de sonrisas sinceras. Yo me concentraba en mis problemas y en cómo conseguir la clave del entendimiento universal. Pero tú te enfocabas en vivir tal cual la vida fuese viniendo. Reías si había que reír y llorabas sólo cuando querías conseguir algo o sólo querías decirnos que te dejáramos tranquila porque eras lo suficientemente grande como para volver a ser feliz.
Me encantaba pasar tiempo contigo, sobre todo cuando dormías. No porque roncaras y me abrazarás dulcemente, sino que te veía evolucionar en los sueños y sentía como tu corazón mantenía tus recuerdos frescos y llenos de humildad.
Me preguntabas por muchas personas que pensé que con los años habías olvidado, pero encontré que no los olvidabas porque ellos eran parte de ti. Entendí y aprendimos a vivir con esos fantasmas que tú traías al presente y comprendimos que los que se van sin explicación, nunca se han ido.
Tu cabello Sofía, era la viva imagen de Rapunzel y alardeabas a cada rato sobre lo largo y hermoso que lo tenías. Un día tuvimos que decirte que no era tan bello y que tenías piojos. Lo tomaste tan natural que luego vivías exigiendo la matanza de cualquier agente extraño que no produjese tu belleza natural.
Uno de los rasgos que mas me enamoraba de ti eran tus ojos, no se si son mitad de tu madre y tu padre o son una herencia más especial, pero en ellos se ve la esperanza de una vida plena, en ellos se consigue el abrazo y la comprensión que en otros sitios no se siente. Tus ojos tenían mi vida vuelta loca, siempre quería verte mirarme para sentirme feliz.
Otra cosa que me agrado siempre de tu niñez, de tu presencia, fueron esos instantes espontáneos donde salías corriendo hasta mis brazos y tratabas de rodear mis piernas con mucha fuerza. Me decías tantos nombres que había momentos que me confundía, no sabía si era tía, tu Nina, señora o abuela. Lo único que tenía claro era que me querías y que yo me desvivía por ti.
Sofía heredaste muchos detalles míos y a la vez supiste como desarrollarlos de manera especial. Amabas las películas pero sólo si las veías trescientas veces al día. Te gustaba la música, tanto que un día bailamos un merengue en la cocina de tu abuela. Yo parecía una jirafa bailando con una ardilla, pero te movías mejor que yo y hasta recordabas los pasos de cortesía. Amabas cantar aun cuando nadie entendía tus letras y te gustaban muchos las estrellas. Recuerdo que antes de dormir veías las estrellas que coloqué una tarde en mi techo, las veías encenderse y me reclamabas porqué  la luna no estaba con ellas, decías que tenían que estar juntas.
A ti te encantaban mis peluches, a todos los dibujabas pero había uno en especial que adorábamos las dos, no se si aún lo recuerdas, su nombre era Pumita. Recuerdas cuando lo hacías bailar, cantar y hasta dormir? Vivías planeándole su vida y le decías que yo era la mejor mamá del día.
Si llegué a molestarme contigo puedo afirmar que sería pocas  veces en todo el tiempo que ha pasado. No es que te portaras como un ángel, es que tú eras el ángel en mi casa y yo era quien muchas veces no entendía.
Sofía un día me preguntaste a que me dedicaba, recuerdo haberte dicho tres cosas y pusiste cara de pelear. Me dijiste que yo no podía tener tres profesiones que eso era trampa. Luego me dijiste disimulando una mueca, que tú serías Doctora de Animalitos y también serías mamá. Dijiste que esas dos profesiones si se podían ejercer y que yo pensara en ser mamá. Lo pensé Sofía y desee en ese instante nunca perderte, jamás.
No sé si ha pasado el tiempo suficiente para que ya no recuerdes nada de esto o si ya haz logrado todas esas cosas que de niña me contabas, sólo sé Sofía que hubo una mañana que me encontraba muy triste y viniste sin decir nada, abriste la puerta que yo siempre mantenía cerrada la mayor parte del año, excepto cuando tú venias, y me abrazaste y me dijiste que me querías mucho, fue entonces cuando supe que tu eras muy especial. Fue entonces cuando supe que el tiempo pasaría muy rápido y un día no recordarías todo el amor que por ti hoy siento.
Es por eso dulce y bella Sofía, que he decidido escribirte esto, para recordarte que en aquellos tiempos cuando tan sólo murmurabas palabras entrecortadas, cuando el mundo no entendía tu melodía, cuando yo tenía otra vida, tú eras el puente que mantenía mis pensamientos entre lo real y mágico. Tú niña mía, me hacías querer dejar de crecer para esperarte y poder jugar juntas un día.
No tuve que esperar tanto porque siempre jugaste conmigo y hasta un día me dijiste que qué era eso que yo escribía y nunca te dejaba ver. Aquí lo tienes Sofía, lo que ese día murmuraba y escribía, eran estas frases del alma hechas para ti, desde el ayer!
Te quiero fuchofuchoooo Sofía.

Atte. Tu loca, Tía Nina.

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